
miércoles, 26 de agosto de 2026
El PTA y su evaluación de los personajes históricos ; Equipo de Bitácora (M-L), 2026

sábado, 2 de mayo de 2026
Antonio Labriola sobre el Estado: «No es más que la ordenación positiva y forzada de un determinado dominio de clase»
«Exceptuando algunos momentos críticos en que las clases sociales, por extrema incapacidad para mantenerse en una condición de relativo equilibrio por adaptación, entran en una más o menos prolongada crisis de anarquía, y haciendo excepción de aquellos singulares catástrofes hacia las cuales se precipita todo un mundo, como cuando la caída del imperio romano de Occidente, o cuando la disolución del Califato; desde que tenemos memoria de historia escrita, el Estado aparece, no sólo como el ápice y como el vértice de la sociedad, sino como el regidor de ésta. El primer paso que el ingenuo pensamiento ha dado en orden tal de consideraciones, consiste en este enunciado: el regidor es el autor.
Haciendo además abstracción de ciertos breves períodos de democracia ejercida con la viva conciencia de la soberanía popular, como sucedió en algunas ciudades griegas, y señaladamente de Atenas, y en algunas comunas italianas, de Florencia sobre todo −que eran, no obstante, de hombres libres, dueños de esclavos las primeras, y los segundos de ciudadanos privilegiados que explotaban al forastero y la campiña−, la sociedad regida por el Estado fue siempre de una mayoría en manos de una minoría. De modo que la mayoría de los hombres ha aparecido en la historia como una masa regida, gobernada, guiada, explotada y maltratada, o por lo menos, como una multicolor conglomeración de intereses que unos pocos individuos debían reglamentar, manteniendo en equilibrio las divergencias, por presión o por compensación.
De aquí la necesidad de un arte de gobernar, y como este arte es lo primero que se evidencia a los observadores de la vida colectiva, natural era que la política apareciese como autora del orden social y como el índice de la continuidad en la sucesión de las formas históricas. Quien dice política, dice actividad, que hasta cierto punto nos conduce con designio, es decir, hasta que los cálculos no chocan con ignoradas o inesperadas resistencias. Convertido el Estado, por lo que sugería la imperfecta experiencia, en autor de la sociedad, y la política en autora del orden social, era consiguiente que los históricos narradores o razonadores estuviesen inclinados a reponer lo esencial de la historia en el sucederse de las formas, de las instituciones y de las ideas políticas. No importaba al común raciocinio saber dónde se había originado el Estado y en donde se encontraba el fundamento de su perpetuación. Es sabido que los problemas de índole genésica surgen bastante tarde. Existe el Estado y encuentra su razón en su actual necesidad: y tan verdad es esto, que la fantasía no ha podido adaptarse a la idea de su desaparición, y ha podido adaptarse a la idea de su desaparición, y ha prolongado su existencia conjetural hasta los primeros orígenes del género humano. Dioses o semidioses y héroes fueron sus institutores, por lo menos en la mitología; como en la teología medieval, el Papa actúa de fuente prima, y por esto divina y perpetua, de toda autoridad. En nuestros tiempos actuales aún hay viajeros inexpertos y misioneros idiotas que en todas partes encuentran al Estado, allí donde, como entre los bárbaros y los salvajes, no es más que la gens, o la tribu de las gens, o la alianza de las gens.
jueves, 26 de febrero de 2026
¿Por qué no escribió Marx un libro donde resumiera desde la antigüedad hasta nuestros días, y examinara todos los campos? Plejánov responde a Mijailovski
«Pero, ¿por qué no escribió Marx un libro en el que expusiera, desde su punto de vista, toda la historia de la humanidad, desde la antigüedad hasta nuestros días, y examinara todos los campos del desarrollo económico, jurídico, religioso, filosófico, etc.?
El primer signo de todo intelecto culto, reside en saber formular preguntas, con el conocimiento previo de cuáles respuestas pueden y cuáles no pueden ser reclamadas de la ciencia contemporánea. Y, aquí vemos, que los adversarios de Marx, al parecer, no dan señales de poseer dicho signo, pese a sus títulos de extraordinarios, o a veces aun solamente de ordinaria cualidad. ¿Acaso creen que en la literatura biológica existe ya un libro en el que se expone toda la historia de los reinos animal y vegetal, desde el punto de vista de Darwin? Pregúntenlo a cualquier botánico o zoólogo, y, tras de reírse de la candidez infantil de ustedes, les contestará que, presentar toda la larga historia de las especies, desde el ángulo de miras de Darwin, constituye el ideal de la ciencia contemporánea, que aún no sabe cuándo lo alcanzará. Ahora, lo que se ha encontrado, es el punto de vista, merced al cual, solamente puede ser comprendida la historia de las especies. Otro tanto sucede también en la ciencia histórica contemporánea.
«¿En qué reside toda la labor de Darwin? −pregunta el señor Mijailovski−. Unas cuantas ideas de síntesis, vinculadas entre sí del modo más íntimo, que coronan todo un Mont Blanc de material práctico. ¿Dónde está la respectiva labor de Marx? No la hay. (...) Y no sólo que no hay un trabajo de esta índole de Marx, sino que tampoco lo hay en toda la literatura marxista, no obstante toda su extensión y difusión. (...) Los principios básicos mismos del materialismo económico, una multitud innumerable de veces repetidos como axiomas, hasta hoy día siguen no conectados entre sí y, prácticamente, no verificados; cosa que merece una atención -especial en la teoría, la que, en principio, se está apoyando en los hechos materiales, tangibles, y a la que se da, presentemente, el título de «científica». (Nikolái Konstantínovich Mijailovski; Literatura y vida, 1894)
Que los principios básicos mismos de la teoría del materialismo económico permanecen no conectados entre sí, es una mentira patente. No hace falta más que echar una lectura al «Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política» (1859), para ver hasta qué punto, armoniosa e íntimamente están vinculados entre sí. Que estos postulados no están verificados, tampoco es cierto: están verificados por medio del análisis de los fenómenos sociales, tanto en el libro «El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte» (1952) como en «El Capital» (1867), y, más aún, no, «especialmente», en el capítulo relativo a la acumulación originaria, como lo piensa el señor Mijailovski, sino decididamente, en todos los capítulos desde el primero hasta el último, Si esta teoría, a pesar de eso, no fue expuesta ni una sola vez en relación con «todo el Mont Blanc» del material práctico −lo que, a teoría de Darwin−, hay aquí una vez más un malentendido. Con ayuda del material práctico, involucrado, digamos, en el libro «El origen de las especies» (1859) se demuestra, principalmente, la variabilidad de las especies; en cambio, la historia de algunas especies por separado, Darwin la refiere solamente de paso y eso también tan sólo hipotéticamente. Por así decirlo, esta historia pudo haber marchado de esa manera, como pudo haber marchado ele modo distinto. Pero hay una sola cosa fuera de toda eluda, que hubo una historia, y que las especies habían variado. Ahora preguntaremos al señor Mijailovski si Marx tuvo necesidad de demostrar que la humanidad no permanece en el mismo lugar, que las formas sociales van cambiando y que las concepciones de les hombres van reemplazando unas a las otras. En una palabra, ¿hubo necesidad de probar la mutabilidad de este género de fenómenos? Por supuesto que no hubo necesidad, aun cuando, para demostrarlo, se pudo haber amontonado, fácilmente, toda una decena de «Mont Blanc de materiales prácticos». ¿Qué es lo que Marx tuvo que haber hecho? La historia precedente ele la ciencia social y de la filosofía social había acopiado «todo un Mont Blanc» de contradicciones, que requerían apremiantemente su solución. Marx, efectivamente, las solucionó con ayuda de una teoría, que al igual que la de Darwin, está integrada «por unas cuantas ideas de síntesis, vinculadas entre sí del modo más íntimo». Cuando aparecieron estas ideas, quedó en evidencia que, con su ayuda, se resolvían todas las contradicciones que habían turbado a los anteriores pensadores. Marx no tuvo que haber amontonado montañas de material práctico, seleccionado por sus antecesores, sino, utilizando, entre otros, también ese material, emprender el estudio de la verdadera historia de la humanidad, desde el nuevo punto ele vista. Eso es lo que Marx hizo, al haber procedido al estudio de la historia de la época capitalista, y de esos estudios apareció «El Capital» (1867) −sin hablar ya de las monografías, como «El Dieciocho Brumario…» (1852)−.
lunes, 8 de septiembre de 2025
Los méritos del PTA en la lucha contra el revisionismo no deben de hacernos olvidar sus vacilaciones y debilidades; Equipo de Bitácora (M-L), 2025
«Hoy todavía no son pocos los que se empeñan en buscar en el PTA un «historial antirevisionista» impecable en todo momento y lugar. Pero tratar de hallar tal pretensión de pureza es simplemente una quimera. Esto supondría que la gente nunca se equivoca y actúa al máximo de sus capacidades, mientras sus homólogos también serían algo así como «superhombres» que pueden con todo, lo cual es ridículo. Esto nunca ocurrió con Enver Hoxha, como tampoco con ninguno de sus predecesores ni discípulos, por más sabios y prudentes que sean. En la resolución de cualquier tarea siempre habrá lagunas, campos del conocimiento sin explorar, malas valoraciones, tanto en el presente como en el pasado. Esto no significa que sea imposible para el individuo la búsqueda de una actividad consecuente. Sin embargo, animamos al lector a que se cuide y sospeche de todo aquel revolucionario que no sabe hallar falencias en sus referentes ni en su mismo, puesto que supone que su nivel de ignorancia, sentimentalismo o narcisismo es demasiado alto como para ser tomado en serio. Véase el capítulo: «Entonces, ¿nunca ha coqueteado el marxismo-leninismo con nociones mecanicistas, místicas o evolucionistas?» (2022).
Seguramente, todo el mundo conocerá el famoso informe principal al VIII Congreso del PTA (1981) de Enver Hoxha donde este realizaba una radiografía muy precisa sobre el carácter del revisionismo soviético, chino, yugoslavo y eurocomunista. El PTA dedicó conferencias y campañas en sus periódicos, revistas, libros y radio para ampliar o matizar la información sobre cada uno, ¿pero esta «línea antirevisionista» siempre se mantuvo sin fisuras, como algunos siempre han creído? En absoluto. En esta sección repasaremos las posturas iniciales de los albaneses en relación a eventos de importancia. Los subcapítulos a desglosar serán los siguientes:
I. Unas notas preliminares sobre la lucha de los albaneses contra el revisionismo;
II. El PTA y su reacción a la rehabilitación del titoísmo (1954);
III. El PTA y su reacción ante la tesis del XXº Congreso (1956) y el «informe secreto»
IV. El PTA y la cuestión del «Grupo Antipartido» en el PCUS (1957);
V. El PTA y su papel en las conferencias internacionales de los 81 partidos (1957 y 1960);
VI. El PTA y el «Pensamiento Juche» (1955);
VII. La denuncia del «Pensamiento Mao Zedong» (1978);
VIII. El PTA y otras graves incoherencias de su política exterior (1976-84);
IX. Vincent Gouysse y Roberto Vaquero: del fanatismo a la deserción.
Anexo: Reflexiones sobre los vínculos del «stalinismo» (1925-1953) con el «jruschovismo» (1954-1964).

Unas notas preliminares sobre la lucha de los albaneses contra el revisionismo
«En general, en el caso de todas esas investigaciones científicas que abarcan un campo tan amplio y una cantidad tan grande de material, nada se puede lograr realmente sin muchos años de estudio. Los aspectos individuales que son nuevos y precisos −y estos, por supuesto, se encuentran en sus artículos− se presentan con mayor facilidad; pero examinar el conjunto y reorganizarlo es algo que solo se puede hacer después de haberlo explorado a fondo». (Friedrich Engels; Carta a Karl Kautsky, 18 de septiembre de 1883)
Esta sección, que cubre especialmente los años 1953-78, debe ser vista por el lector como una parte del todo, ¿a qué nos referimos? A que para entender todo el cuadro general de las deficiencias del PTA en la lucha contra el revisionismo o la caída de su régimen es necesario que el lector continúe después con los capítulos siguientes sobre política exterior, política cultural o política económica, ya que estos muestran los zigzagueos e inconsistencias que en lo sucesivo el PTA seguiría cometiendo entre 1979-91.
Es clarividente que esta inconstancia del PTA en la lucha contra el revisionismo se reflejó en varios aspectos clave: a) como no ser capaz de percatarse a tiempo de traiciones consumadas −cuando ya se habían experimentado otras similares−; b) no ser contundente ante tales evidencias ni manifestarlo en público −por miedo a posibles campañas de intoxicación, bloqueos económicos o represarías militares−; c) contentarse con aceptar de las excusas y fórmulas estereotipadas de terceros −por parte de Tito, Jruschov o Mao−, evitando profundizar en los hechos concretos, como si las cosas se fueran a resolver mágicamente, yendo muchas veces a la zaga de los acontecimientos; d) tropezar una y otra vez con tendencias ya superadas −como las ilusiones sobre el carácter de los países del «segundo y tercer mundo»− regalando todo tipo de gestos y discursos conciliatorios. Este tipo de comportamientos no deben volver a repetirse, por lo que iremos desglosando su trasfondo con paciencia, tema a tema.
Huelga comentar que estos defectos tuvieron una incidencia directa y muy severa en la formación de los partidos proalbaneses de América, Europa o África. El erigirse bajo estas costumbres y tradición tuvo notables méritos pero fue insuficiente para conseguir la hegemonía entre los trabajadores: estos vicios y carencias no solo supuso disminuir o barrer el apoyo efectivo de elementos avanzados que pudieran ser susceptibles de sumar a su causa, sino que indirectamente debilitó la lucha efectiva contra la gran cantidad de grupos revisionistas que en ese momento enfrentaban estos partidos proalbaneses −y que en la mayoría de casos contaban con mayor experiencia, financiación y astucia−. Dicho de otro modo, las torpezas y errores no forzados causaron a la larga una desmoralización y falta de orientación entre su propia militancia que puso en bandeja de plata para que sus rivales se mantuviesen en pie o creciesen en detrimento de aquellos que en teoría debían desenmascararlos y ser superarles en todo lo importante.
Este capítulo y los siguientes corroborarán una vez más que el hecho de no acaudalar unos principios bien definidos sobre el revisionismo −o de conocerlos perfectamente, pero no aplicarlos llegados la hora− dinamita toda posible unidad del movimiento revolucionario, como ocurrió precisamente con los partidos proalbaneses de los años 70 y 80, cuyos resultados no hace falta que sean comentados aquí, ya que hoy día el público general apenas sabe o recuerda nada de estos grupos, puesto que sus resultados no pocas palidecen en comparación de sus predecesores.
Por este motivo, no nada hay peor que tratar de ignorar las derrotas de los movimientos pasados como si nada importasen; o peor, tratar de silenciar la crítica constructiva con pretextos ridículos de que supone «vulnerar el honor» de los que ya no están:
«[Marx] se entregó al desarrollo intelectual de la clase obrera que, con casi total seguridad, sería resultado de la acción combinada y la discusión mutua. Los propios eventos y vicisitudes de la lucha contra el capital, las derrotas incluso más que las victorias, no pudieron evitar recordar a los hombres la insuficiencia de sus panaceas preferidas, y pavimentar el camino para una comprensión más completa de las verdaderas condiciones de la emancipación de la clase trabajadora». (Friedrich Engels; Prólogo a la edición rusa del Manifiesto Comunista, 1882)
jueves, 26 de junio de 2025
La burguesía francesa en 1789; Karl Kautsky, 1889
«El Tercer Estado estaba también tan dividido como los dos primeros órdenes. Hoy en día está de moda considerar a la clase capitalista como el Tercer Estado y oponerle al proletariado como Cuarto Estado. Ahora bien, para empezar, el proletariado es una clase y no un orden; es un grupo social, separado de los otros grupos por una situación económica particular, y no por instituciones jurídicas especiales. Después, es inadmisible hablar de un cuarto estado porque el proletariado ya existía en el seno del Tercer Estado, el cual incluía a todos aquellos que no entraban en los dos primeros órdenes, desde los capitalistas hasta los artesanos, campesinos y proletariado. Puede uno figurarse fácilmente qué masa heterogénea formaba el Tercer Estado; en su seno encontramos los antagonismos más agudos, se proponen los fines más diversos, se preconizan los medios de combate más diferentes. No era cuestión, entonces, de una lucha de clases única.
La misma clase de los capitalistas, que hoy en día se designa bajo el nombre de Tercer Estado, no constituía una clase homogénea.
A su cabeza estaba la alta finanza. Siendo como era el mayor acreedor del estado, tenía todos los motivos para empujar hacia las reformas, que habrían preservado al estado de una bancarrota, elevado sus ingresos y disminuido sus cargas. Pero esas reformas debían hacerse según el principio muy conocido de «lávame la cabeza pero sin mojarla». De hecho, esos señores de las finanzas tenían muchos motivos para oponerse a las reformas financieras o sociales realmente profundas.
La mayor parte de ellos poseía grandes dominios feudales, títulos de nobleza, y no querían renunciar voluntariamente a los privilegios e ingresos que iban aparejados. Pero, además, en la conservación de los privilegios de la nobleza tenían ese interés benevolente del acreedor que no quiere ver quebrar a su deudor. No solamente eran los acreedores del rey sino, también, de la nobleza endeudada. Los economistas podían muy bien demostrar que los ingresos de la tierra tenían que aumentar si ésta era explotada según los principios capitalistas en lugar de serlo siguiendo los métodos semifeudales. Pero pasar al modo de explotación capitalista en la economía rural exigía cierto capital: había que cubrir los gastos de establecimiento, adquisición del ganado, de los útiles, etc. Ese capital lo poseían muy pocos nobles. La abolición de los derechos feudales amenazaba con arruinarlos. Sus acreedores no tenían ningún motivo para trabajar a favor de esa ruina. Además, socialmente, como ya hemos visto, nobleza y finanzas estaban cada vez más estrechamente unidas. Toda reforma financiera tenía que llevar a la sustitución de los recaudadores de impuestos por la administración del estado. Se habían arrendado todos los ingresos públicos más importantes, la gabela, las ayudas, las aduanas, el monopolio del tabaco. Los recaudadores le pagaban cada año al estado −en los últimos años anteriores a la revolución− 166 millones de libras, pero le sacaban al pueblo puede que el doble de esa suma. La administración de los impuestos era uno de los métodos más productivos de explotación pública: ¡cómo iban a renunciar de buen grado esos señores de las altas finanzas! Habrían sido los últimos en levantarse contra ella.
Por añadidura, no tenían ningún interés en acabar con el déficit y la deuda del estado. De las inscripciones de deuda pública se guardaban sólo una parte. Sabían cómo volver a pasar el mayor número de ellas, con un alto interés, al «público», a los capitalistas pequeños y medianos, especialmente a los rentistas. Si se hacía un nuevo empréstito, la alta finanza sabía así hacer recaer en las espaldas de los otros el riego. Pero era enorme el beneficio que sacaba de la conclusión de un empréstito, ya directamente, ya indirectamente, mediante la explotación del estado o del público. Cada nuevo empréstito le reportaba grandes beneficios a la gente las finanzas. Nada le hubiera sido más desagradable que un presupuesto sin déficit que hubiese hecho inútil la conclusión de nuevos empréstitos.
Por consiguiente, ¡qué sorprendente que las simpatías de la alta finanza, como clase, estuviesen del lado del Antiguo Régimen, de los privilegiados! Reclamaba reformas, ¡pero quién no las reclamaba en vísperas de la revolución! La aristocracia más terca estaba convencida de que había reformas necesarias, que la situación era intolerable; el descontento era general; pero cada clase quería «reformas» que, lejos de exigirle sacrificios, le asegurase ventajas.
martes, 24 de junio de 2025
La revuelta de los privilegiados; Karl Kautsky, 1889
«La lucha entre los parlamentos, defensores de la nobleza burocrática, y la administración fuertemente centralizada del estado despótico, se ampliaba algunas veces desde un simple compló de la corte, del que el pueblo no sospechaba nada, a una lucha de todos los privilegiados, a un movimiento de revuelta que levantaba hasta a las masas populares.
El capítulo más importante de esos levantamientos fue La Fronde, del que ya hemos hablado en el capítulo precedente. Estalló en la primera mitad del siglo XVII, cuando la nobleza todavía tenía fuerza y orgullo. Un levantamiento análogo se produjo en el último cuarto del siglo XVIII; pero si en 1648 La Fronde tuvo como resultado un mayor afianzamiento del poder real, en 1787 la revuelta de los privilegiados llevó a la victoria del Tercer Estado y puso en marcha la gran revolución.
En el segundo capítulo ya hemos visto la actitud dubitativa de Luis XVI.
«La doble alma» de la monarquía absoluta en el siglo XVIII encontró en ese príncipe su más tópica encarnación, y sus dos ministros, Turgot y Calonne, tradujeron de la forma más notable la «duplicidad». El primero, tan gran pensador como gran carácter, trató en su ministerio de poner el estado al servicio del progreso económico, apartando los obstáculos que le ponían trabas, y realizar aquello que los teóricos habían reconocido como absolutamente necesario para la conservación del estado y de la sociedad. Quiso que la administración dejase de ser, en manos de la nobleza de la corte, un instrumento de explotación de las finanzas públicas. Suprimió las corveas, las aduanas interiores, las corporaciones, y liberó a la industria de la opresión de los reglamentos. Quería hacer pagar impuestos a la nobleza y el clero como lo hacía el Tercer Estado, someter los gastos públicos al control de los Estado Generales. Se trataba de insoportables injerencias en los «derechos sagrados». Conducido por la reina, el ejército de los privilegiados se levantó contra el ministro reformador, y Turgot sucumbió a la tempestad (1776).
Tras una serie de experiencias, de ensayos, el rey llamó a Calonne al ministerio (1783). Era un hombre a imagen de la reina; superficial pero charlatán retorcido y sin escrúpulos, tenía por regla sacrificar los ingresos actuales y también los futuros del estado en aras de la nobleza de la corte, de saquear no solamente las finanzas actuales sino, además, el crédito público. Un empréstito sucedía a otro; durante los tres años que fue ministro, tomó prestado del tesoro público 650 millones de libras −ver el informe de Louis Blanc, I, 233−, suma enorme para aquellos tiempos. Y la corte, el rey, la reina y sus favoritos se tragaban casi todo. «Cuando vi que todo el mundo alargaba la mano, yo alargué mi sombrero», dice un príncipe que narra la borrachera de entonces. La corte nadaba en medio de delicias y no se alzaba ninguna voz advirtiendo y mostrando a dónde debía llevar tal locura. El mismo Luis XVI rendía testimonio de toda la satisfacción que sentía por tener tal ministro de finanzas, que pagaba sus deudas, que se elevaban a 230.000 libras. Todo el mundo en la corte admiraba con qué facilidad y prontitud el «gran hombre» había logrado resolver la cuestión social.
La extravagante conducta de la corte precipitó naturalmente la caída de todo el régimen. Tras tres años de insensata gestión, Calonne había quemado ya todas sus soluciones; el déficit anual había ascendido a 140 millones de libras y el mismo Calonne se vio forzado a confesar que ningún empréstito podía ya conjurar la inminente bancarrota y que sólo había un medio para evitarlo: aumentar los ingresos y bajar los gastos. Pero ello sólo era posible tocando a los privilegiados: del pueblo ya no se podía sacar nada más.
Cuando Calonne comunicó esta noticia a los notables que había reunido (febrero de 1787), desde las filas de los privilegiados ascendió un rugido de furor: no para condenar la falta de escrúpulos con los que Calonne había gestionado hasta entonces las finanzas públicas, sino para protestar contra el final que quería ponerle a su administración escandalosa. Calonne cayó, pero sus sucesores debieron seguir la política de aumento de impuestos a los privilegiados: éstos acabaron teniendo la convicción de que la realeza ya no podía asegurarles como en otros tiempos la explotación de Francia, y se alzaron contra la misma realeza. La cosa es increíble, pero, sin embargo, cierta: nobleza, clero, parlamentos, todos los privilegiados, cuya situación era ya tan comprometida y que no tenían otro apoyo más que la realeza, se unieron para derrocarla. Tanto puede cegar la avaricia ante la inminencia de su caída a una clase que se sobrevive a sí misma: ¡ella misma es la primera en precipitar su caída!
Los privilegiados no tenían ni idea de los profundos cambios que se habían realizado en la sociedad, creían que no había cambiado nada desde los tiempos en que podían desafiar a los reyes y al Tercer Estado, y reclamaron virulentamente una nueva convocatoria de los Estados, siguiendo el modelo de las de 1614. Sin tener más sostén que el poder real, ahora querían defender sus privilegios con sus propias fuerzas. Y en el mismo momento en el que deberían unirse lo más estrechamente posible con la realeza, y en el que su posición estaba amenazada más seriamente, ¡desde su seno se alzó una rebelión por el reparto del botín!
Cegados por el furor, los privilegiados se colocaron en un terreno revolucionario. Los parlamentos de mayo de 1788 fueron a la huelga general, el clero rechazó cualquier contribución a las finanzas públicas hasta que los estados fueran convocados; la nobleza se levantó en armas en las provincias, y se produjeron graves disturbios en el Delfinado, Bretaña, Provenza, Flandes y el Languedoc.
viernes, 16 de mayo de 2025
Joan Comorera analizando en 1943 la supuesta «no beligerancia» de Franco y Falange en la Segunda Guerra Mundial
«La crisis profunda del régimen franquista no significa que ya está vencido, que su caída sea inminente, que caerá solo troceado por las propias e insolubles contradicciones internas. ¡No, compañeros! Nunca debemos olvidar que el régimen de Franco y Falange es fascista, que nunca se dará por vencido, que nunca dejará voluntariamente el poder. El régimen de Franco y Falange, como el de Mussolini y el de Hitler, morirá matando. (...)
Desde hace un año, todos los actos y medidas de Franco y Falange no tienen otro objetivo que el de rehacer el bloque descuartizado del régimen. Las declaraciones de Franco en Montserrat, en las que prometió un ensanchamiento del régimen, pidió la colaboración de los sectores derechistas catalanes, dejó entrever la posibilidad de una restauración monárquica; la convocatoria de una caricatura de Corts, traspasando a ellas la facultad legislativa reservada en la estructura teórica del régimen en el Consejo Nacional de Falange; la última crisis gubernamental, con la caída aparente de Serrano Suñer y el nombramiento del General Francisco Gómez-Jordana Sousa, aparentemente menos nazi; la última reorganización del Consejo de Falange con el intento de presentarlo como un símbolo del bloque originario del régimen, por cuanto son miembros designados por Franco, generales, obispos, monárquicos, requetés, que no formaban parte de lo anterior, esfuerzo oficial para poner de manifiesto una unidad inconmovible del régimen que no existe: los rumores de restauración monárquica que se acentúan o debilitan según el buen querer de Franco y Falange. (...)
¡No, compañeros, Franco y Falange no son, ni quieren ser neutrales Franco y Falange son beligerantes del Eje! Oficialmente Franco y Falange son «no beligerantes», como lo fueron Mussolini antes de herir por la espalda a la Francia vencida e Hirohito antes de agredir traicioneramente a los EE. UU. dormidos por apaciguadores y muniqueses. (...)
Sin embargo, en la práctica Franco y Falange han sido y son desde el comienzo de la guerra, beligerantes. Son beligerantes por los actos y por las definiciones oficiales del régimen. La firma del Pacto Antikomintern [el 27 de marzo de 1939] por el General Gómez-Jordana Sousa, presentado hoy cuanto menos nazi que Serrano Suñer, es un acto de beligerancia. La organización oficial de la División Azul [el 26 de junio de 1941], es un acto de beligerancia. El envío coercitivo de obreros españoles a las fábricas de guerra alemanas, es un acto de beligerancia. Comprar víveres, materias primas, combustible en América y por la cuenta de Alemania y con dinero entregado por Hitler a Franco, es un acto de beligerancia. Romper el bloqueo aliado en beneficio de la Alemania hitleriana, es un acto de beligerancia. Poner a disposición de los técnicos alemanes y de los submarinos piratas del Eje Baleares, Canarias y Fernando Poo, los puertos gallegos y andaluces del Atlántico, es un acto de beligerancia. Proveer de combustible en alta mar en los submarinos nazis, es un acto de beligerancia. (...)
Entregar a los alemanes toda la producción de guerra de los altos hornos y de las minas del norte de España, es un acto de beligerancia. Aceptar el control nazi en los aeródromos, en las comunicaciones, en los transportes de España, es un acto de beligerancia. Que la Gestapo controle los centros vitales de la policía terrorista de Franco, es un acto de beligerancia. Es tan poco neutral Franco, que en el mes de julio propuesto el embajador norteamericano para justiciar las restricciones al envío de petróleo, dijo oficialmente, que eran debidas a:
«Ya temor comprensible de una nación que está en guerra, que los productos esenciales para la contienda, exportados libremente a un país que no está en guerra, sean reexportados a una tercera nación en guerra con la primera».
Es tan poco neutral Franco que el «New York Times», el mes de julio pasado [1943], cuando el VIII ejército británico se retiraba en derrota, denunció que:
«El ministro español de El Cairo colabora de forma importante en los esfuerzos que hace Alemania para sembrar la discordia entre los ingleses y los gobernantes de Egipto».
Es tan poco neutral Franco que en el «New York Post» del último septiembre se afirmó concretamente como:
«Los falangistas, valiéndose de las comunicaciones y valijas diplomáticas, facilitan a la Gestapo toda la información que consiguen sobre los movimientos de los barcos mercantes y de la marina de guerra».
martes, 22 de abril de 2025
Plejánov explicando la conjunción histórica de casualidades y procesos generales
«El futuro no puede pertenecer a concepciones confusas e indefinidas; tales, precisamente, son las de Monod y, sobre todo, las de Lamprecht. No es posible, naturalmente, dejar de saludar la tendencia que proclama que la tarea primordial de la ciencia histórica es el estudio de las instituciones sociales y de las condiciones económicas. Esta ciencia irá lejos, cuando dicha tendencia arraigue en ella definitivamente. Pero, en primer término, Pirenne se equivoca considerando que esta tendencia es nueva. Ha surgido en la ciencia histórica ya en la segunda década del siglo XIX: sus representantes más destacados y consecuentes fueron Guizot, Mignet, Agustín Thierry [20] y, más tarde, Tocqueville y otros. Las ideas de Monod y Lamprecht no son más que una copia pálida de un original viejo, pero muy notable. En segundo término, por profundas que hayan sido para su época las concepciones de Guizot, Mignet y otros historiadores franceses, muchos puntos han quedado sin esclarecer. No dan una solución precisa y completa a la cuestión del papel del individuo en la Historia. Ahora bien, la ciencia histórica debe resolver de una manera efectiva esta cuestión, si es que sus representantes quieren librarse de una concepción unilateral del objeto de su ciencia. El futuro pertenece a la escuela que mejor resuelva este problema.
Las ideas de Guizot, Mignet y otros historiadores pertenecientes a esta tendencia, eran como una reacción frente a las ideas históricas del siglo XVIII y son su antítesis. Los hombres que en aquel siglo se ocupaban de la filosofía de la Historia lo reducían todo a la actividad consciente de los individuos. Ciertamente, existían también entonces algunas excepciones a la regla general: el campo visual histórico-filosófico, por ejemplo, de Vico, Montesquieu y Herder [21] era mucho más amplio. Pero nosotros no nos referimos a las excepciones, la enorme mayoría de los pensadores del siglo XVIII interpretaban la Historia tal como lo hemos expuesto. Es muy interesante a este respecto volver a leer hoy las obras históricas de Mably [22]. Según este autor, fue Minos el que organizó la vida social y política y las costumbres de los cretenses, mientras Licurgo prestó el mismo servicio a Esparta. Si los espartanos «despreciaban» los bienes materiales, esto es debido a Licurgo, que «penetró, por decirlo así, hasta el corazón mismo de sus conciudadanos y ahogó en ellos todo germen de pasión por las riquezas» [23]. Y si más tarde los espartanos abandonaron la senda señalada por el sabio Licurgo la culpa es de Lisandro, que les había convencido de que «los tiempos nuevos y las nuevas circunstancias exigen, nuevas leyes y una política nueva» [24].
Las obras escritas partiendo de este punto de vista, no tenían nada que ver con la ciencia y se escribían, como sermones, únicamente con vistas a las «lecciones» morales que de ellos se desprenden. Contra estas concepciones fue contra las que se levantaron los historiadores franceses de la época de la Restauración (1815-1830). Después de las convulsiones de fines del siglo XVIII, era ya en absoluto imposible considerar a la Historia como obra de personalidades más o menos eminentes, más o menos nobles e ilustradas, que arbitrariamente inculcaran a una masa ignorante, pero sumisa, estos o los otros sentimientos e ideas. Contra tal filosofía de la Historia se rebelaba además el orgullo plebeyo de los teóricos burgueses. Eran los mismos sentimientos que todavía en el siglo XVIII se pusieron de manifiesto en la naciente dramaturgia burguesa. En la lucha contra las viejas concepciones históricas, Thierry empleaba, entre otros, los mismos argumentos que fueron empleados por Beaumarchais y otros contra la vieja estética [25].
Por último, las tempestades que poco tiempo antes habían estallado en Francia, demostraban claramente que la marcha de los acontecimientos históricos estaba lejos de ser determinada exclusivamente por la actividad consciente de los hombres; ésta sola circunstancia debía ya sugerir la idea de que los acontecimientos tienen lugar bajo la influencia de cierta necesidad latente que actúa de manera ciega, como las fuerzas de la naturaleza, pero conforme a determinadas leyes inexorables. Es interesante −aunque hasta ahora, que nosotros sepamos, nadie lo ha señalado− el hecho de que la nueva concepción de la Historia, como proceso que obedece a determinadas leyes, fue defendido de la manera más consecuente por los historiadores franceses de la época de la Restauración, y precisamente en las obras dedicadas a la Revolución Francesa.
martes, 4 de marzo de 2025
Los funcionarios franceses en el siglo XVIII; Karl Kautsky, 1889
«Entre los dos primeros órdenes y el tercero, los funcionarios de la administración pública ocupaban una situación particular.
Los órganos de la antigua administración feudal se habían mantenido en parte: habían perdido sus funciones esenciales pero no sus ingresos. Medios muy ventajosos de explotación pública en manos de la nobleza, esas plazas no habían desaparecido en absoluta en la medida en que se convertían en inútiles. Por el contrario: el número de las más lucrativas y superfluas de ellas aumentó en el curso del siglo XVIII, como hemos visto.
Al lado de esas cargas inútiles se habían tenido que crear, sin embargo, otras en la justicia, la policía, las finanzas, cuyo carácter respondía mejor a las condiciones de una monarquía moderna. Se habían instituido cada vez más y los titulares eran nombrados por el rey. Pero al principio habían recibido una remuneración insignificante o nula, y sus ingresos consistían más en derechos a beneficios eventuales, que la población paga a los funcionarios. Esos ingresos crecieron en la medida en que el cargo extendía su impronta; y para los reyes, cuyas necesidades de dinero eran perpetuas, fue un buen negocio no solamente conferir sino, además, vender esas funciones que reportaban tan buenos ingresos. Desde el siglo XV el uso de este sistema comenzó a extenderse y muy pronto devino para los reyes uno de los principales medios para hacer dinero. No solamente los miembros de los comités directores de los cuerpos de los oficios y otras corporaciones, sino también los mismos maestros se convirtieron en funcionarios públicos, que tenían que pagar por su cargo si su corporación no había sido lo bastante rica como para comprar su independencia; se arrebató incluso la autonomías a las ciudades y las funciones y dignidades comunales, a menos que las villas las recompraran a buen precio, fueron transformadas en funciones públicas: naturalmente esos funcionarios extraían sus emolumentos a costa de la población. Pero esto no era suficiente para acabar con la perpetua necesidad financiera de los reyes: se llegaron a crear las funciones más absurdas y las poblaciones estaban obligadas a proveerlas de dones. Así, por ejemplo, en los últimos años de Luis XIV, se instituyeron los siguientes cargos: inspectores de peluquerías, controladores de cerdos y de lechones, contadores de heno, consejeros del rey controladores en los apilamientos de madera, inspectores de mantequilla fresca, de mantequilla salada, etc., etc. De 1701 a 1715, el rey sacó de la venta de nuevos cargos unos ingresos de 542 millones de libras. Poco importaba quién comprase. Los tesoreros-pagadores del ejército compraban los cargos a quienes debían vigilarlos a ellos y, así, se liberaban de todo control.
lunes, 27 de enero de 2025
Pasar cíclicamente de la demonización a la santificación de Stalin no supone un avance; Equipo de Bitácora (M-L), 2025
«Su interpretación de la historia, cuando la tiene, es esencialmente pragmática; lo enjuicia todo con arreglo a los móviles de los actos; clasifica a los hombres que actúan en la historia en buenos y en malos, y luego comprueba que, por regla general, los buenos son los engañados, y los malos los vencedores. De donde se sigue, para el viejo materialismo, que el estudio de la historia no arroja enseñanzas muy edificantes, y, para nosotros, que en el campo histórico este viejo materialismo se hace traición a sí mismo, puesto que acepta como últimas causas los móviles ideales que allí actúan, en vez de indagar detrás de ellos, cuáles son los móviles de esos móviles. La inconsecuencia no estriba precisamente en admitir móviles ideales, sino en no remontarse, partiendo de ellos, hasta sus causas determinantes». (Friedrich Engels; Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1886)
En su obra: «Las guerras de Stalin: de la Segunda Guerra Mundial a la Guerra Fría, 1939-1953» (2005), el sovietólogo Geoffrey Roberts intentó dar una explicación racional de Stalin acotando su imagen a su «esencia humana», dicho de otra manera, a partir de una explicación psicologista basada en el estudio de la personalidad política. Roberts quiso demostrar que, como todo ser, el estadista soviético tuvo sus propias contradicciones internas. Pero, ¿por qué, según señaló Roberts, se ha tendido siempre a un trato maniqueo sobre el georgiano? Aquí nos dio una respuesta interesantísima: según sus observaciones, esto ha sido así debido a que desde la propia propaganda soviética, centrada en el culto a la personalidad, se condujo a crear la imagen de dicha figura en una bifurcación histórica muy definida: entre los comunistas se creó en su mente un endiosamiento hacia su líder, el que todo lo podía, por el que había que agradecer todo lo bueno conseguido; mientras que entre los anticomunistas se forjó en su mente una imagen demonizada de su enemigo, el que lo controlaba todo, el que tentaba a los buenos hombres para corromperlos. En ambos casos cada bando moduló en su mente una imagen de Stalin como alguien con una voluntad inquebrantable y sin grises. Muy por el contrario, Roberts consideró que el jefe soviético era «carismático» y con un gran don de «habilidades sociales» para dominar a los de su entorno, pero no era «sobrehumano» ni «omnipresente». Era un hombre que también «calculaba mal» e incluso tomaba decisiones «en contra de sus propios intereses» y aún más interesante: como todo jefe político, sus ideas estaban abiertas a la evolución y los nuevos desafíos, por lo que llegados al inicio de la Guerra Fría «no siempre tenía claro qué hacer». Esto, aunque parezca increíble, es un cuadro que se acerca mucho más a un retrato fidedigno.
Seguramente no haya mejor ejemplo en el campo histórico de los palos de ciego que dan unos y otros, detractores y fanáticos del comunismo, que la forma en que suelen enfrentarse a la hora de evaluar la polémica «época stalinista». Mientras para los historiadores anticomunistas todo vale con tal de atacar a Stalin, sus contrarios, le defienden de todo lo que hiciera o se sospeche que hiciera, además en su fuero interno piensan ingenuamente que con tal actitud se es más «revolucionario» que nadie. Estos últimos hacen gala de un nulo espíritu crítico, venerando la figura de Stalin como si de su mismísima santidad se tratase. En el peor de los casos, cuando los errores cometidos por su adorada figura son flagrantes, estos afables individuos nos recomiendan hacer de tripas corazón frente a esta encrucijada y contentarnos con una vieja fórmula bien pragmática que para el pobre idealista todo lo resuelve, ¿qué receta será esta? ¡Aguantar a base de seguidismo y misticismo! ¡Mejor eso que nada! ¿Cree el lector que exageramos? Pasen y vean. De cualquier modo, si bien recomendamos la lectura íntegra del capítulo, estos serán los subcapítulos a abordar, por si el lector prefiere indagar solo en algunos ejemplos:
a) Bill Bland o la Escuela de la especulación;
b) El PCE (m-l) y su promesa de profundizar en el tema Stalin;
c) «Rabochy Put» y su cándida idealización del periodo stalinista;
d) Las invenciones históricas de Grover Furr sobre Stalin;
e) RC-FO, otro ejemplo de reivindicación folclórica;
f) Los «stalinistas italianos» y cómo conservar los mitos nacionales;
g) Reflexiones sobre los vínculos del «stalinismo» (1925-1953) con el «jruschovismo» (1954-1964).
viernes, 24 de enero de 2025
Nobleza y clero en la Francia del siglo XVIII; Karl Kautsky, 1889
Los cargos en la corte estaban entre las sinecuras más buscadas. Las mejor pagadas de todas exigían para su cumplimiento poco saber y trabajo, y llevaban directamente a la fuente de todos los favores y de todos los placeres. 15.000 personas estaban ocupadas en la corte, la mayoría de ellas sólo estaban en la corte para obtener un título lucrativo. Una décima parte de los ingresos del estado, más de 40 millones de libras −hoy día serían alrededor de 100 millones−, estaban consagrados al mantenimiento de esta masa parásita.
jueves, 16 de enero de 2025
La monarquía absoluta de Luis XVI; Karl Kautsky, 1889
«Antes de considerar los antagonismos de clase en 1789 nos parece indicado lanzar una mirada sobre la forma política en el seno de la que se desarrollaron. La forma política determina la manera en que las clases buscan hacer valer sus intereses; en una palabra, determina las modalidades de la lucha de clases.
De 1614 a 1789 la forma política en Francia fue el absolutismo real; esta forma de estado excluye, en el curso normal de la vida social, toda lucha de clases intensiva pues se opone a toda actividad política de los «sujetos»; a larga, pues, es incompatible con la sociedad moderna. Una lucha de clases debe llevar a una lucha política: toda clase que asciende, si no tiene derechos políticos, debe luchar para conquistarlos. Y una vez conquistados esos derechos, las luchas políticas están lejos de cesar: no hacen, por el contrario, más que comenzar, –verdad ante la que, tanto en 1789 como más tarde en 1848, muchos ideólogos se mostraron sorprendidos y asustados–.
El absolutismo –es decir la independencia en relación con las clases dominantes, forma política en la que el poder público no es directamente un instrumento de dominio para una clase, sino en la que el estado parece llevar una existencia independiente, transcendente a los partidos y clases– sólo se puede establecer allí donde todas las clases –todas las que cuentan en la vida social– están en equilibrio, de forma que ninguna de ellas es lo bastante fuerte como para apoderarse en beneficio propio del poder. El estado puede entonces mantener neutralizadas a todas las clases, a unas frente a otras, y ponerlas a todas al servicio de su dominación.
Tal fue, precisamente, la situación en Francia en el siglo XVII. El modo de producción feudal estaba en decadencia; la nobleza y el clero, cuyo poder reposaba en la propiedad feudal, ya no eran capaces de mantener su independencia política ante el estado, estado que se apoyaba en el creciente poderío del dinero. Estas dos órdenes se convirtieron en los servidores del reino, los sostenedores del absolutismo. Una parte cada vez más grande de la nobleza acudió a la corte, formando alrededor el rey una especie de servidumbre más brillante, y el rey, a su vez, le aseguraba el bienestar material. La nobleza, y con ella el alto clero, cesaron de oponerse al absolutismo real para devenir sus más firmes apoyos.
sábado, 11 de enero de 2025
La lucha de clases en Francia en 1789. Los antagonismos de clase en la época de la Revolución Francesa; Karl Kautsky, 1889
[Enlaces de DESCARGA del texto en PDF al final del documento]
«Los burgueses, aquí como siempre, fueron demasiado cobardes para defender sus propios intereses, que a partir de la toma de la Bastilla la plebe tuvo que hacer todo el trabajo en su lugar, que sin la intervención de esta plebe, el 14 de julio, los días 5 y 6 de octubre, hasta el 10 de agosto y el 2 de septiembre, etcétera, la burguesía siempre hubiese sido vencida por el antiguo régimen, la coalición aliada a la corte habría aplastado la revolución, y que, en consecuencia, esos plebeyos hicieron ellos solos la revolución pero que eso no ocurrió sin que esos plebeyos se asignaran reivindicaciones revolucionarias de la burguesía en un sentido que no tenían, no llevasen la igualdad y la fraternidad a consecuencias extremas y no destruyesen completamente el sentido de esas fórmulas, porque ese sentido, llevado al extremo, se transformaría, precisamente, en su contrario». (Friedrich Engels; Carta a Karl Kautsky; 20 de febrero de 1889)
Introducción de Bitácora (M-L)
A continuación, dejamos al lector con una obra clásica de Karl Kautsky escrita en 1889, es decir, durante su primera etapa de pensamiento revolucionario y mucho antes de deslizarse por el sendero del revisionismo. Salvo la forma de citación de ciertas referencias, la cual hacía por momentos ilegible el texto, no hemos modificado en exceso las traducciones ya disponibles en castellano, en este caso la de «Alejandría Proletaria».
Hemos decidido rescatar dicho trabajo ya que explica algunos hechos sobre un evento crucial en la historia de la humanidad: la Revolución Francesa (1789-99). De hecho, la historiografía burguesa, bien sea a través de conservadores como Burke, socialdemócratas como Fuiret o republicanos liberales como Adolphe Thiers, siempre ha tratado de difundir medias verdades sobre unos temas, blanquear algunos e inventar otros tantos a fin de justificar sus proyectos presentes. Por este motivo, es menester aclarar malentendidos y clichés.
Por nuestra parte querríamos resaltar varios aspectos −algunos de los cuales Kautsky mencionó aquí y otros no fueron tratados por diversas razones−.
El absolutismo monárquico de Luis XVI ni siquiera fue compatible con los proyectos reformadores del despotismo ilustrado del siglo XVIII, por lo que ni mucho menos deseó nunca una «transición pacífica» hacia una monarquía constitucional y una división de poderes. Más bien la ineficacia y torpeza de su gobernanza le obligó a colocarse bajo una serie de circunstancias y condicionantes que poco a poco sobrepasaron al monarca. Esto, sumado a su falta de carácter, algo imperdonable en un autócrata, hizo que Luis XVI fuese cediendo ese «poder absoluto» −lo cual era ya de por sí incoherente−. Realizó todo tipo de concesiones a los constitucionalistas, restituyendo a Necker para las finanzas o aceptando el mando de tropas en el Marqués de La Fayette, prebendas que tuvo que continuar haciendo después, cuando la revolución se radicalizó. Esto último se simbolizó en actos como aceptar la primera constitución de 1791, ponerse el gorro frigio −símbolo de la revolución− o establecer su estancia en el Palacio de las Tullerías como le exigieron las masas −para que no huyera al extranjero−. Sin embargo, él y los suyos −con su hermano Carlos X a la cabeza− intentaron obstaculizar en la Asamblea Nacional Constituyente todas las tímidas medidas de reforma −con el derecho a veto del rey− y conspiraron con los emigrados y potencias extranjeras para recuperar su autoridad.
La revolución y sus episodios más crueles entre sus contendientes no fue fruto de la «casualidad», de la «maldad del populacho», del «destino» o cualquier otra fruslería a la que se agarran los historiadores −y que realmente no explica nada−, sino que fue resultado de unas causas fácilmente investigables. Ya en los años previos hubo sonados casos de corruptelas y verdaderas crisis de subsistencia −como la Guerra de las harinas (1773)− que advirtieron a los mandatarios lo que podía ocurrir cuando a los más desdichados se les acababa la paciencia. Estos fenómenos negativos fueron paralelos a los «deberes» y aventuras que tuvo que afrontar la corona en política exterior décadas antes −Guerra de los Siete Años (1756-63) y la Guerra de Independencia de los Estados Unidos (1776-83)−. El nefasto resultado no solo incluyó el desprestigio militar de Francia o el desalojo de zonas importantes como la India o Canadá, sino el asumir una deuda que, en lo sucesivo, resultó imposible de pagar.
Por ende, el monarca no procuró nunca garantizar el «bienestar del pueblo», como insiste la historiografía conservadora, esto solo fue un relato que siempre se lanzó para justificar el rol parasitario del rey como un «árbitro entre las diversas fuerzas» y «padre de la nación». Fue precisamente el estilo de vida lujoso y despreocupado de las capas dominantes, así como las medidas del gobierno −que a estas representaba− lo que condujo al país a una situación crítica en lo financiero. En dicha situación los ingresos cada vez eran más insuficientes para abastecer de bienes básicos a las capas populares, conservar las colonias y competir eficazmente contra otros imperios emergentes, como el británico. Para más inri, la negativa de estos colectivos privilegiados a contribuir con los impuestos de la nación durante la convocatoria de los Estados Generales de 1789 liquida de un plumazo el presunto «patriotismo» de las «gentes respetables». Estas prefirieron mirar por su bolsillo y arriesgarse a agudizar la crisis social −como terminó ocurriendo− considerando, en su hondísima arrogancia, que el sistema no podía caer; y cuando tal catástrofe sobrevino teniendo que rogar a sus homólogos del exterior −España o Rusia−, algunos de ellos, enemigos de la corona francesa en los últimos conflictos −Austria, Prusia o Gran Bretaña−.
viernes, 18 de octubre de 2024
Inglaterra en los siglos XII a XV; Evgeni Kosminsky, 1952
Acrecentamiento del poder real
«El rey y los señores feudales. En 1066, Inglaterra fue conquistada por Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, quien arrebató las tierras a los señores feudales anglosajones y las repartió entre los normandos y franceses, que juntamente con él conquistaron Inglaterra. La situación de los campesinos ingleses empeoró mucho. Los conquistadores convirtieron a muchos de ellos en siervos y los agravaron con pesadas jornadas de trabajo y agobiadores tributos. En Inglaterra se afianzó un poder real fuerte. Aquel conservó en sus manos muchos dominios, casi la séptima parte de toda Inglaterra.
Guillermo el Conquistador mantenía en la sumisión a los señores feudales, observaba celosamente el cumplimiento por su parte del servicio militar en provecho del rey y no les permitía luchar entre sí.
En la misma época en que Francia estaba desmembrada en una infinidad de dominios feudales independientes, Inglaterra era ya un Estado unificado, con un fuerte poder real.
Los grandes señores feudales soportaban a duras penas la autoritaria política del rey, y varias veces se sublevaron, tanto durante el reinado de Guillermo el Conquistador como en el de sus sucesores. Querían conseguir la misma independencia de que gozaban en aquel entonces los duques y condes en Francia. Pero el rey estaba apoyado por los caballeros, el clero y los ciudadanos. Temían el despotismo y la opresión de los grandes señores feudales y por eso preferían «tener un solo tirano a tener un centenar de ellos». Con la ayuda de esos elementos, los reyes lograban dominar a los insubordinados señores feudales.
En el año 1154, el trono de Inglaterra pasó a manos del conde de Anjou, Enrique II, de la dinastía de los Plantagenet.
La reforma judicial y militar. Ya sabemos en qué consistían los dominios de Enrique II. Le pertenecía casi toda la mitad occidental de Francia: Anjou, Normandía y Aquitania. A ellos se agregaba, a partir de entonces, el reino de Inglaterra. Enrique II, con el apoyo de los caballeros y de los ciudadanos, hizo una guerra decidida a los grandes señores feudales. Destruyó más de trescientos de sus castillos edificados y en los rescates colocó guarniciones reales.
Durante su reinado se llevaron a cabo varias reformas que afianzaron el poder real. La más importante fue la reforma judicial. Enrique II trataba de robustecer la justicia real. Dio a todos los caballeros y campesinos libres el derecho de exigir que sus asuntos fueran vistos, no en el juzgado del señor, sino en el juzgado real.
En los tribunales reales fueron abolidos los antiguos métodos de investigar los asuntos por vía del «juicio de Dios», es decir, el combate singular, la prueba del hierro candente y del agua hirviendo. Cada asunto era investigado con la ayuda de los jurados. Estos eran elegidos entre los habitantes del lugar y prestaban juramento de decir la verdad. Los jurados debían decir todo lo que sabían en un asunto dado. Basándose en sus testimonios, los jueces debían pronunciar la sentencia. Era un importante paso hacia adelante en comparación con el antiguo procedimiento judicial.
La reforma judicial de Enrique II fue de gran ayuda para los caballeros de menor cuantía y los campesinos libres. Los juzgados reales eran una defensa contra las usurpaciones de los poderosos señores feudales. Pero la mayoría de la población de Inglaterra −los siervos de la gleba o los villanos− era juzgada como antaño en los tribunales de sus señores, donde era juez el propio señor feudal o su administrador. No todos podían viajar hasta la corte real para ser juzgados y, por eso, Enrique enviaba a las distintas regiones a los «jueces viajeros», quienes actuaban en nombre del rey.
Con el aumento del número de causas en los tribunales reales, Enrique II logró no sólo el afianzamiento de su poder, sino, además, beneficios para el tesoro, pues en su provecho se pagaban las multas judiciales.
Enrique II tuvo que combatir constantemente. La milicia feudal se reunía lentamente y era muy poco disciplinada, por cuyo motivo, aquel comenzó a exigir de los feudales, en vez del servicio militar, un tributo en dinero, calificado como el dinero del escudo, con el cual se pagaba a los soldados mercenarios extranjeros o a los campesinos ingleses libres. Los arqueros británicos se hicieron pronto célebres en toda Europa.
lunes, 2 de septiembre de 2024
Notas y consejos de Marx y Engels a Lassalle sobre su novela histórica
Nota de la edición: En 1859, Ferdinand Lassalle hace aparecer su tragedia histórica, «Franz von Sickingen» (1859), que envía a Marx el 6 de marzo de 1859, acompañada de una nota «sobre la idea trágica» y a Engels el 21 de marzo.
Lassalle toma por asunto el levantamiento de la caballería contra los príncipes en el otoño de 1522 −dos años antes de la guerra de los campesinos (1524-1525). Este movimiento de la pequeña nobleza empobrecida −reaccionaria por sus fines de clase, puesto que los caballeros querían resucitar el pasado− no habría podido vencer a los príncipes de no apoyarse en la burguesía ascendente y sobre los campesinos. Pero esto era imposible, los caballeros habían emprendido su lucha, precisamente, para conservar sus privilegios. La coalición de los príncipes los aplastó, Sickingen fue mortalmente herido y su otro jefe, Ulrich von Hutten, huyó a Suiza, donde murió.
«Tras esta derrota y la muerte de sus dos jefes, la fuerza de la nobleza, como clase independiente de los príncipes, fue quebrada. A partir de esta época, la nobleza no actúa más que al servicio y bajo la dirección de los príncipes. La guerra de los campesinos que estalló inmediatamente después, los obligó, más aún, a situarse bajo la protección de los príncipes y mostró, al mismo tiempo, que la nobleza alemana gustaba más de continuar explotando a los campesinos, bajo el dominio de los príncipes, que derribar a los príncipes y los sacerdotes por medio de una alianza abierta con los campesinos emancipados». (Friedrich Engels; Las guerras campesinas en Alemania, 1850)
Parece singular que Lassalle haya escogido dos jefes de la caballería hacia su ocaso, y no los héroes plebeyos de la guerra de los campesinos, para escribir «la tragedia de la Revolución». Además, Lassalle, contrariamente a la realidad histórica, hace de Sickingen y de Hutten, los portavoces de la burguesía ascendente, los campeones de la unidad política de Alemania y de la lucha contra el Papado.
Marx y Engels, que no se habían puesto de acuerdo, expresan, en sus cartas respectivas del 19 de abril y del 18 de mayo de 1859, una opinión idéntica sobre la pieza de Lassalle.
I
Karl Marx; Carta a Lassalle, 19 de abril de 1859
«Paso ahora a tu «Franz von Sickingen». En primer lugar, debo elogiar la composición y la acción, y esto es más de lo que puede decirse de cualquier drama alemán contemporáneo. En segundo lugar, aparte de toda actitud de crítica, la obra me ha emocionado vivamente en la primera lectura y la impresión que producirá sobre los lectores, en quienes dominan más los sentimientos, será más fuerte aún. Y este es un segundo punto muy importante. Y ahora, el reverso de la medalla: primeramente −esto es puramente formal−, desde el momento en que todo está en verso, habrías podido dar a tus yambos una forma un poco más artística. Pero, al fin y al cabo, por mucho que les choque a los poetas profesionales tu negligencia, la considero, a final de cuentas, como una ventaja, porque nuestros epígonos poéticos no han guardado más que una forma cuidada. Secundariamente: el conflicto, tal como lo has concebido, no es sólo trágico; es este mismo conflicto trágico el que acarreó su pérdida al partido revolucionario de 1848-49. Sólo puedo, pues, aprobarte enteramente cuando tú quieres hacer de él el punto central de una tragedia moderna. Pero me pregunto si tu asunto estaba bien escogido para traducir ese conflicto. Balthasar puede, sin duda, creer que, si Sickingen, en lugar de disimular su revuelta bajo la máscara de una querella entre caballeros, hubiera izado la bandera de la guerra abierta contra el emperador y los príncipes, habría vencido. ¿Podemos compartir esta ilusión? Sickingen −y más o menos con él Hutten− no ha sucumbido a causa de su astucia. Ha sucumbido porque se había rebelado como caballero y representante de una clase moribunda contra lo existente; o, sobre todo, contra la nueva forma de lo existente. Si se le quita a Sickingen lo que pertenece al individuo, con su educación particular, sus disposiciones naturales, etc., tendríamos a Goetz von Berlichingen. En éste, individuo lamentable, la oposición trágica entre la caballería, de una parte, y el emperador y los príncipes, de otra, se expresa en una forma adecuada, y es por ello que Goethe tenía razón al escogerlo como héroe. En la medida en que Sickingen −y en parte Hutten mismo, aunque para él, como para todos los ideólogos de su clase, parecidos juicios deberían ser sensiblemente modificados− combate a los príncipes −porque si se dirige contra el emperador, es sólo porque el emperador de los caballeros se convierte en emperador de príncipes−, no es de hecho sino un Quijote; aunque un Quijote históricamente justificado. De su revuelta bajo la forma de una querella de caballeros, esto significa sólo que la comienza en tanto que caballero. Para comenzarla de otro modo, debería haber hecho, directamente y desde el principio, un llamado a las ciudades y a los campesinos; es decir, precisamente a las clases cuyo desarrollo significa la negación de la caballería.
Si tu querías, pues, no reducir tu conflicto al de Goetz von Berlichingen −y esto no entraba en tu plan−, Sickingen y Hutten debían morir porque en su imaginación ellos eran revolucionarios −lo cual no puede decirse de Goetz− y, como la nobleza instruida de la Polonia de 1830, se habían hecho, por una parte, los instrumentos de las ideas modernas, y, por otra, representaban el interés de una clase reaccionaria. En estas condiciones, los representantes nobles de la revolución −cuyas frases de orden, de unidad y de libertad ocultaban aún el sueño del antiguo Imperio y del derecho del más fuerte− no deberían haber absorbido la atención hasta el punto en que lo hacen en tu obra: los representantes del campesinado −éstos sobre todo− y elementos revolucionarios de las ciudades, deberían haber constituido un fondo escénico activo muy importante. Habrías podido entonces expresar, y en un grado más elevado, precisamente las ideas más modernas en su forma más pura, mientras que ahora, al margen de la libertad religiosa, es la unidad política la que de hecho resulta la idea principal de tu drama. Debías haber shakespearizado más, mientras que ahora considero como tu mayor error la schillerización, la transformación de los individuos en simples portavoces del espíritu del siglo. ¿Tú mismo, en cierta medida, no has caído, como tu Franz von Sickingen, en el error diplomático de dar más importancia a la oposición de Lutero y de los caballeros, que a la oposición de los plebeyos y de Münzer?
Lamento, además, la ausencia de rasgos característicos en los caracteres. Hago una excepción para Carlos V, Balthasar y Ricardo de Tréves. Y sin embargo, ¿hubo nunca una época tan rica en caracteres fuertemente señalados como el siglo XVI? Hutten representa, a mis ojos, demasiado exclusivamente el «entusiasmo», lo cual es fastidioso. ¿No fue al mismo tiempo un hombre con mucha sal, un verdadero demonio de ingenio, y no has sido, en consecuencia, demasiado injusto hacia él?
Hasta qué punto tu Sickingen, representado por lo demás de manera demasiado abstracta, es víctima de un conflicto independiente de sus cálculos personales, se deduce de la manera en que se ve obligado a predicar a sus caballeros la amistad con las ciudades, etc., y, por otra parte, del placer que siente en ejercer él mismo el derecho del más fuerte sobre las ciudades.


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